PAISAJES QUE QUIERO VER, PERO NO PUEDO

Con Paisajes que quiero ver, pero no puedo empiezo durante el confinamiento una serie fotográfica en la que fantaseo, recreo y finalmente fotografío dentro de casa, espacios exteriores que me gustaría visitar pero que dadas las circunstancias de confinamiento no es posible. Un proceso experiencial en el que las imágenes son el único vehículo que me permiten viajar vagando entre el anhelo y la presencia, entre el recuerdo y el paso del tiempo de atmósferas vividas así como imaginadas.


Proyecto de carácter experimental en el que, a través de la escritura y la fotografía, explico cómo en un contexto de confinamiento de 50 días, sola y en un piso de 60m2, desarrollo un estado de estabilidad mental y de creación fotográfica, en el que las fotografías se presentan como las llaves hacia la libertad propia y creativa.

 

 

ANOTACIONES CREATIVAS Y VIVENCIAS DE UN CONFINAMIENTO

El proyecto fotográfico surje en un contexto de sencillez de medios, desde la escucha personal y sincera, desde el juego inofensivo y desde el propio placer de hacer sin más.

Tal y como dice el escultor Jaume Plensa, primero tienes que vivir y crecer como persona para luego poder crear. Y ha sido en esa búsqueda diaria de estar mentalmente estable creando rutinas que me hicieran sentir bien, lo que ha posibilitado que más tarde surgiera un proyecto fotográfico como es el de Paisajes que quiero ver, pero no puedo.   


El respetar el descanso, tener un espacio de escucha con mi cuerpo haciendo deporte cada mañana nada más levantarme, el ducharme disfrutando del agua y vestirme con ropa de calle rompiendo la idea de que estoy confinada, han sido mis mantras de predisposición diarios, de placer, de vacío mental, de presencia con mi cuerpo, para situar la mente en el presente, logrando así un estado de calma.
 
Y, a partir de ese estado, las ideas han comenzado a aparecer. El estar abierta al encuentro, con luces que apareciesen por las paredes proyectando atardeceres, o las texturas de planetas que me orbitaban mientras me tiraba por el suelo, cambiando el punto de vista de las cosas.

Es increíble, porque en ese proceso de no buscar nada, he encontrado mucho. El no haberme puesto la presión, ni la exigencia, y el haber acallado las reglas, ha hecho que todo fuera más fácil y sencillo.

Aunque precisamente por ello, también ese lado auto-boicoteador ha aparecido. “Deja de hacer cosas que no llevan a ningún sitio, deja de gastar tu tiempo en ello y ponte a hacer proyectos que sean rentables…la situación no está como para perder el tiempo...”.

Pero justamente en ese estado de autocensura, ha habido también un proceso de conseguir acallar los miedos y las dudas, de repartir los tiempos para cada tarea y de relativizar las cosas aceptando la incertidumbre.


No ha habido prisas en crear, he dejado que las imágenes vinieran cuando tuviesen que llegar. Aunque si la prisa aparecía, al cabo de un rato la sentía completamente contraproducente. El juego terminaba, y con ello el placer de hacerlo. 

Si mientras estaba cocinando, de repente veía un paisaje interesante, me paraba, le prestaba atención, lo fotografiaba y cuando sentía que ya lo tenía más o menos, dejaba el móvil a un lado y seguía cocinando. No revisaba las fotografías tomadas ni seleccionaba la que más me funcionaba, me olvidaba. No era hasta la noche o el día siguiente, que volvía a ver las imágenes, seleccionando la que más me funcionaba y subiéndola a redes.

También, podía suceder que más tarde revisaba la foto y no lograba el efecto que yo quería. Pero estaba bien. Lo aceptaba. Curiosamente, días o semanas más tarde, la misma idea volvía a aparecer en otro contexto y mejor resuelta de manera no intencionada.


Por otro lado, es cierto que ha habido momentos en los que me sentía estancada, solo hacía más que paisajes marítimos y mi imaginación no lograba ver otra cosa. Además, el estar mucho tiempo frente a la pantalla del teléfono (para hacer la foto, seleccionarla, subirla…,así como otros usos), hacía que me agobiara y perdiera el sentido de la realidad. Por ello, esa necesidad de apartarme un poco del teléfono y hacer otras tareas. 

Tales como leer, cocinar, oir música,bailar, tomar el sol, las duchas matutinas, la jardinería, comer bien, pintar, escribir, ver fotos, … esos pequeños botes de placer a los que me subía en cuanto veía que mi imaginación escaseaba, o que necesitaba tocar tierra.

Y ni cuando esto era suficiente, sentía que había una parte de mí que no estaba atendiendo, y que era necesaria también: las relaciones personales, -en la medida de lo posible-. Cuando me he dado espacio al intercambio y al encuentro, ha sido cuando he vuelto a la creación fotográfica con más fuerza y variedad. 

   


Viviendo es como nos descubrimos, a la vez que descubrimos el mundo exterior;

este mundo nos da forma, pero también podemos actuar sobre él.

                                                             Debe establecerse un equilibrio entre esos dos mundos, el interior y el exterior que,

en un diálogo constante, forman uno solo, y ese es el mundo que debemos comunicar.

Henri Cartier-Bresson.

 

 

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