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27.02.2017

Tres horas largas de ruta en coche. Subida a 2260 metros de altitud. Llegamos al parking. Estamos de suerte, no hay demasiados coches. Preguntamos a los de salvamento y nos informan que no se va a despejar la niebla y puede que no podamos ver el volcán en erupción. Bueno, ya que hemos llegado hasta aquí vamos a intentarlo hasta donde podamos, nos decimos. 

Empieza la ruta. Es extraño. No ves lo que hay abajo. No hay una referencia. Y aunque estamos rodeados de niebla, podemos caminar sin problemas. Al final, encontramos un mirador. Nos detenemos y por arte de magia comienza a despejarse. Logramos ver qué se esconde bajo nuestros pies. Increíble. Unas montañas que cortan de súbito bordean las faldas del volcán. Conseguimos ver pequeñas aberturas por donde chorrea la lava, pero no es suficiente.

Seguimos caminando. Llegamos a otro mirador y conseguirmos ver mejor las salidas de lava. De pronto hay una ola de nubes que nos tapa la vista y nos empuja a proseguir nuestro camino. Seguimos hasta que llegamos al final de la ruta. Y de súbito todas las nubes desaparecen. Increíblemente las que se apresuran por los lados, se detienen. ¿Cómo es posible que a esta altura de repente las nubes se detengan, se paralicen? 

Sacamos el vino, los quesos y el pan, y disfrutamos de la vista y de los rugidos volcánicos. Al acabar de cenar frente a la lluvia de lava y con el frío más presente entre los huesos, las nubes nos vuelven a cegar. De acuerdo, es el momento de volver. Frontal encendido, mochila en la espalda y vuelta al coche.

No paramos de cruzarnos gente. Uf qué valor empezar ahora la ruta. Comienza una ligera llovizna. Cada vez hace más viento. Y más llovizna. Mis gafas se empañan y no logro ver por donde pisa la persona que tengo delante. El viento silva. La llovizna cada vez más presente. Las gafas totalmente empañadas. Ya ni siquiera veo con claridad a donde piso. A la vez siento que me retraso un poco del grupo. Que mi paso es más lento y que dudo de mis pisadas.

¿Cómo es posible que no vea donde piso?… ¿Cuánto quedará para llegar al coche?… Quiero llegar ya… Y en ese preciso instante en el que no ves nada, no oyes más que el silencio y no sabes hacia donde caminas, te sientes completamente desnuda. Eres tú y la nada. ¿Donde estoy? ¿Hacia dónde voy? No quiero continuar mi camino a ciegas… pero ¿qué puedes hacer si no? Camina, Laura, camina, No pienses. Vas a llegar pronto. No puedes pararte. ¡Pero no veo nada! Da igual. Sigue caminando. No te vas a caer. No puedes detenerte. El miedo no te puede frenar. Porque si paras el ritmo, ¿qué vas a hacer aquí en medio de la nada?¿Qué vas a conseguir? Paralizarte, lo más probable. Y pensar más. Helarte de frío y que sea más duro retomar la marcha. El coche no va a aparecer de repente solo por desearlo aún más. Sigue caminando. Llegaréis pronto. Vale, sigo. 

Momentos más tarde, mi compañero de ruta se detiene a esperarme. Gracias por esperarme, le digo. Ya casi hemos llegado, así que lleguemos todos juntos, sonríe. Gracias.

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