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19.02.2017

Hace 3 años, mis padres viajaron al océano índico para visitar a mi hermana en su actual residencia. De ese viaje todos se llevaron muchas cosas positivas. Mi madre, además de ello, cogió un nido y se lo guardó en la maleta. Desde entonces ha estado como objeto decorativo en mi casa de veraneo.

Hace un año empecé un proyecto fotográfico. No empecé sabiendo el tema. Si no que éste, a partir de salidas fotográficas y de encontrar un factor común entre todas las fotos, se iba formulando poco a poco. Concretamente, mientras trabajaba en la búsqueda del tema, hubo dos ocasiones que sentí la necesidad de coger un billete para el día siguiente y viajar de Barcelona a Valencia en búsqueda de respuestas. O más bien de acabar de formular esas preguntas. No sabía exactamente qué era lo que buscaba, pero había algo dentro de mí que me decía que siguiera ese presentimiento. Que me dejara llevar y siguiera esa vocecilla interna que me guiaba. 

En el segundo viaje llegué a hacer 800km en 3 días. No sé por qué, pero tengo que ir hacia allí, les decía a mis padres cuando llegaba a casa de forma inesperada. Finalmente, en aquel viaje, todas las fotos salieron a presión. Con una estética determinada, un discurso, un tema: el núcleo familiar. Y entre esas fotos, se encontraba el nido que mi madre había cogido años atrás. 

Hoy, hace 3 meses que salí de la puerta de mi casa con la mochila en la espalda para reunirme con
mi hermana. No ha sido una decisión impulsiva, sino que ha ido formulándose
progresivamente. Han habido muchas razones de peso, y además por suerte, había
esa vocecita que me decía, si quieres seguir con el proyecto fotográfico,
tienes que proseguir con el viaje.


Puede que todo esto parezca una locura. Yo lo siento como una experiencia mágica. Pero ésta no puede ser posible si no hay una escucha interna propia. Tomarse el tiempo necesario para oírse y saber qué es lo que se quiere o se necesita. Son sensaciones. Intuición. Escucha. Y viaje

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